Me enamoré poco a poco. Sin darme cuenta te dejé profundizar en mí, marcarme con tu amor; y cuando quise escapar, ya buceabas sosteniendo mi corazón.
Empezó por gustarme tu compañía, tus bromas, hablar contigo tranquilamente. Tus piropos cursis y tímidos.
Después, me enamoré de tus manos. Quise poseer esas manos fuertes, grandes, fin de unos brazos musculosos que nacen en una espalda perfecta, suave, amplia, tersa. Que puede llegar a ser un muro infranqueable, tanto en sentido de entrada (si te cierras y enfadas) como de salida (si me rodeas con tus brazos y me proteges del mundo; y de mí).

Sin querer, me sentí feliz, amando todo lo que viniera de tí. Me sorprendí soñando un futuro contigo, un presente juntos, y un pasado lejano que sirvió para no añorar tu ausencia hasta que te encontrara.